Esos fortuitos alcances de amistad los habían puesto hace poco en una misma reunión social. Y aunque cada uno tenía más ganas de escapar que de lanzarse a las fauces del socialité, de todos modos notaron la presencia del otro. La calle y la cotidianeidad de una tarde los volvió a poner frente a frente. Por alguna razón, ambos se olvidaron del freno de mano…
Un refresco en tarde de verano viene bien si de excusa se trata. Cualquiera que los viera allí de seguro pensaba que enfrente tenía dos nerds cultores de lo rebuscado, enemigos de lo masivo y esclavos de un mundo finalmente desechable. Por apariencia puede que sí. Lentes con marco oscuro, ropa demasiado casual para un entorno ultra fashion que mira de reojo el jeans clásico, la polera con estampa adolescente, las zapatillas quitando sobriedad y la novela bajo el brazo. Ella se reconocía algo nerd, él amaba a las chicas que cuajaran en ese molde. Dos seres simples con todo el prejuicio a cuestas.
Nada les importó menos. Tenían tanto tema en común que les sorprendía cuántas veces estuvieron en el mismo lugar, a la misma hora, disfrutando del mismo entorno y espantando la misma soledad sin darse cuenta que el otro esperaba allí mismo, tan cerca. Por un minuto, las mismas dudas que el mundo insano disfrazado de virtuoso te enseña a plantear los acongojaron. Hubo espacio para repasarlas, eso mientras cada uno pedía minuto para responder una respectiva llamada al celular. ¿Será este tipo el que anduve buscando? ¿No se comportará así con todas y luego te anota como una más en la agenda? se preguntaba ella mientras le daba una bofetada parcial al miedo y dejaba fluir el momento. Él, por su parte demostraba con torpes intentos que la situación lo sobrepasaba, lo que en vez de complicar a su compañera de escena, la aseguraba al punto de tener a la naturalidad como aval de confianza.
Pasaba esa tarde y los puntos en común brotaban como el entorno florido del parque lo hizo meses atrás. Él, acostumbrado a trabajar muy sólo y siempre estaba enseñando a sus pares nuevos. Ella, profesora de oficio, se las arreglaba para dejar ese "detalle pedagógico" de amaestrar a varios y así centrarse en los que más necesitaban soporte. Hasta en eso eran gemelos de alma y acción…
Ya no importaba el calor sofocante de hace horas, ni el marco desesperado del mundo loco corriendo para alcanzar un cupo en el viaje de regreso a casa. Se daban cuenta que eran dos ilusos creyendo alucinar en su propia ciudad invisible. Por qué no inventar entonces una fantasía pasajera si todo el tiempo se trató de dejar de creer. Hace rato habían parado de imaginar los cuentos de hadas y sin embargo aún soñaban lo imposible en su inviolable universo personal.
Él ya sabía que la mujer perfecta era invento de Hollywood. Ella tenía claro que el Príncipe Azul se había quedado en los relatos de infancia. Y aún así seguían privilegiando el beso que duraba una eternidad al casual revolcón sin lunes, escogiendo caminar por un parque cuando los demás llenaban packs turísticos o mataban por las horas disponibles en el gimnasio. Valoraban más un poema que un cahuín de farándula, alegraban su mundo con una canción evocadora más que con jornadas de fiebre social desbocada, miraban al ser por su esencia olvidando lo que representaba la imagen. Eran complemento sin buscarlo, ni parecerlo.
Y se fueron luego a caminar por un sendero urbano mirando el rio, con un roble gigante de fondo que vio pasar miles de caras sin motivación aparente. Ellos parecían detener el entorno a su paso. Porque si bien las agujas no se detuvieron, el reloj estaba demás. Nunca el tiempo, ni siquiera el que consideraban perdido en días y años anteriores importó menos.
No había futuro, no había expectativa. Sólo un encuentro casual y una sensación nueva. Una para volver a creer. Eso que parece tan simple a ratos, tan difícil de hallar por momentos bastó ese día de crepúsculo para hacerlos sonreír…

























