Pero hay que dominar los demonios internos, dicen. Entonces uno tiene que reírse no más.
Reírse de las noticias que le regalan espacio y cobertura a un rasca con envestidura, líder de un segmento político agonizante que demuestra su baja condición al empapelar a insulto a un tipo que, por más descabellado que nos pareciese, tiene -como todos en la vida- sanas aspiraciones. Ya sé, qué me importa a mí. Qué me importa Frei que ayer cantaba “Marta, soy el número uno” y ahora ve estos entuertos en su misma ñata y tararea “Marta, cuando pueden me vacunan…” Pero a mi me cae mal esta clase de especímenes, qué le voy a hacer, me ponen de mal humor. De ser yo el susodicho agraviado, siguiendo mis voces internas con gusto le pego un puñete en el hocico al viejo verde… O rojo, ni sé de qué color es.
Subirse a un medio de transporte superado en demanda es una cosa. Le llaman mal servicio, no puedes descargarte con nadie, a esa hora sólo anda el perraje para recibir quejas. Ahora, cuando te sale una vieja barsa, insoportable y patuda pegando empujones para ganar lugar en vez de pedir permiso, no me pidan compostura de buenas a primeras... Si la igualdad de los sexos fuera tan real como ellas piden, mi voz interna habría ganado. “Pégale un pisotón, gira prepotentemente y sin querer queriendo le pones un codazo en las costillas como los que enseñaban en el Vial”… Para qué. Mi madre también cuenta años y no adolece de malas costumbres… Es un caso aislado el de ella supongo -ya sé, supongo mal-.
De golpe, como hoy a mi pesar, uno tiene que encontrarse con esos individuos que ponen a prueba tu mansedumbre. Los que tienen esa particular idea de solventar su poco ego mal parido enfrentándose contigo en situaciones que nunca llamarían al enfrentamiento sino simplemente a la discusión. Pero son resentidos. Esos de la pachotada fácil que se meten en debates de otros para manifestar su frustración con el mundo. Y cuando les pides que se corran se sienten ofendidos, ignorados, en posición de exigir consideración. Claro, no es fácil aguantarse. Uno de nuevo domina sus demonios cuando la voz interna te dice “baja el nivel, los cavernícolas no llegaban a concordar, se pegaban un palo en la cabeza”. Pero uno no es cavernícola aunque a veces vaya que dan ganas de serlo… como hoy.
¿Más? Llegando al terminal de buses hay que encontrarse con las alzas de siempre. Habrá que declararse incompetente en todas las materias de mercado, dice Fito y como no lo soy, claro que entiendo que me cobren más caro en vísperas de semana "chanta". Que te atiendan mal, que no exista diálogo, que el tipejo de la ventanilla tenga menos modulación que una réplica humana de Barney en el Paseo Ahumada, que hagan la pega casi como queriendo irse luego pa' la casa es otra cosa, ya hace que recuerde la misma canción de Páez. Dan ganas de ser abyecto y desalmado, agarrar a insultos al autóctono ese, esperar que se sulfure para meterle la planilla del bus a Concepción por donde mejor le quepa…
Demonios internos. Qué espectacular sería poder hacerles caso, un solo día. Que te de lo mismo
todo… Ya sé bien que no es posible. Para mal de mi instinto, para bien de mi hoja sin antecedentes.

























