sábado, 6 de marzo de 2010

SOBREVIVIENDO, DÍA 1: La muerte llega sin golpear…

Terminaba de twittear lo del festival de Viña, eran pasadas las 3.30 AM cuando se siente un fatal estruendo, como un motor de microbus pero viene de abajo, creciendo y dando paso al temblor. Duró segundos ese preámbulo. Apenas se corta la luz de golpe comienza el movimiento más oscilante que me lanza de la silla. Todo se agita con inusitada violencia. Estoy en un segundo piso. La costumbre me hizo creer que semejante azote es normal, que ya va a pasar. Es lo que internalizas. “Ya, ya, tranquilo…”
Por instinto casi estúpido me tomo de las barandas que rodean el acceso a la escalera. Son de madera y se mueven con arrebato. Horas después entendí que fácilmente pudo quebrase: mi cabeza habría terminado de base en el primer piso. Era muerte o lesiones graves seguras.
Se alarga el infierno con tanto vaivén; en vez de amainar crece y se ensaña. La racionalidad se pierde, la desesperación apremia, piensas en salvarte. Pero escogiste un mal lugar. Pasado el minuto, con el estruendo más fuerte aún, el ruido ensordecedor de cosas reventándose en el piso y la casa como queriendo arrancarse de su raíz miro el techo. Pienso en mis viejos, mis hermanos, ruego e insulto al que algunos llaman Dios. Hay segundos para un primer indicio de objetividad demasiado angustiante. “Cuando se parta el techo se acabó. Hasta aquí llegaste Pinto”, me digo…
Con los muros aún zigzageantes bajo corriendo las escaleras y grito para dar con mi madre. Hay un raro olor en el ambiente, parece alcohol de farmacia. Las puertas aún se mueven. A tientas doy con su cama. Le hablo. No recibo respuesta.
Corro desesperado a la cocina y la puerta choca con sillones fuera de su lugar. Pienso que pudo haber salido a la calle. En medio de tanta oscuridad, miro a la casa del frente que sigue en pie y mi vecino, el Tito, responde somnoliento en su ventana con un “estamos todos bien…”
¿Y dónde cresta está mi madre? Un soplo en el pecho me invade cuando vuelvo a su habitación y no responde en medio de televisores y closet que cedieron desde altura. Toco su cama descartando que haya quedado atrapada ahí mientras grito tratando de palparla. Como puede me responde desde afuera. Llegó hasta el patio pero en esa escapada cayó y se golpeó la columna a la altura del coxis. Se resintió una fractura de antaño. Apenas puede estar en pie.
Su perra parece estar cuidándola. Sólo corrió para zafarle al millar de astillas gigantes que cayeron sobre su casa recién comprada y no se movió más del lado de su ama. Sin ese armatoste de plástico, la pobre mascota muere aplastada. Abrazo a mi madre y la contengo mientras llora desconsolada. “Tranquila viejita, le sobrevivimos al peor terremoto de la historia” le digo sin saber de números, escalas u observaciones inútiles. Sólo sé que nosotros y la casa estamos casi firmes. Hay que salir de aquí pronto.
La noche aciaga se acompaña con algunos vecinos de buena voluntad. Cinco o seis, no más. Todo a la intemperie. Nos sirve para saber de las historias del ’60, el lapso de tiempo entre uno y otro hace 50 años. Decidimos que es mejor amanecerse. Hay una réplica perceptible cada 3 minutos. Ir a buscar una frazada es una vía crucis ante cada azote de la tierra. Lo peor, es entrar y ver el desparramo de muebles, electrodomésticos, loza y un cuanto hay de artículos destrozados en el piso. Hay que apagar las velas encendidas. En la mañana podemos hacer recién un primer catastro de las pérdidas.
Mientras, enganchamos radio a la distancia que sale desde un auto desconocido. Sólo la Biobío tiene señal y hace lo que puede transmitiendo tranquilidad. Bachelet dice que no hay riesgo de Tsumani. Como todos los demás, le creemos y nos quedamos afuera por temor a las réplicas. Ni siquiera sabemos que en ese mismo minuto, lo que conocíamos por costa a unos pocos kilómetros era arrasada por el mar. ¿Una buena? Hoy ya pienso que si con esto el agua no nos inundó el barrio, ya no es ni jamás será amenaza latente.
Entrar a dormir era imposible. Al menos cuatro remezones intensísimos y otros muchos leves dejaban el corazón en la boca. Quizás sea un síndrome post traumático pero la única sensación posible es la de vomitar. Y cómo no. Tienes el conducto gastrointestinal desorientado, abrumado como tu sistema nervioso, como tu cabeza. Como tus sentidos
La mala idea de pernoctar en el segundo piso se disuelve entre los gritos de mi madre por saberme abajo más seguro y la alerta corporal incontrolable. Pruebo la práctica de dormir con un ojo abierto como lo llaman algunos. Es no dormir, en rigor. Ni siquiera coqueteas con el descanso. Es una sensación vertical vaga pero consciente, un estado de apremio sin alarmas.
La tensa espera porque amanezca y la luz-día te proteja, por empezar a contar lo que ya no se tiene sabiendo que al menos la vida y lo básico siguen ahí. Es pensar en los tuyos y que los latidos se vuelvan a acelerar. Y de alguna forma, también es dar gracias por saberte respirando y aún con techo…

5 comentarios:

marce dijo...

después de una larga lectura (leí toda tu odisea)...en la que, por momentos, me sentí viviendo todo contigo (qué extraño no?)....no dejo de dar gracias a la vida....por permitirme seguir aquí....sin haberme hecho pasar por tanta angustia y miedo (que lo tuve, pero en Santiago nada fue de la misma intensidad)..., por ser afortunada y tener a mi gente de Conce bien, durmiendo bajo un techo que demostró ser implacable.
Leí tus notas y hasta se me apretó el estómago y se me hizo un nudo en la garganta...No sé de dónde sacaste fuerzas y ánimo para escribir..., pero todo lo que relatas llega...y pucha que llega...(creo que hasta llegué a sentir tu rabia e impotencia) sobre todo cuando la familia está lejos, precisamente siendo parte de tanta desolación... Gracias por tu testimonio, por tus vivencias....sirven como un remezón al alma, casi tan fuerte como lo fue el que nos despertó de mala manera la madrugada del sábado................

Catalina_Araneda dijo...

Que fuerte todo, demasiado fuerte niño. Pensar que hay gente que lo sufrio mil veces peor como dices tu.
Gracias x compartirlo
Ojala que las cosas ya anden mejor

Faby dijo...

Fue fuerte cierto? :S

Me alegra leer que estás bien...

LiRio dijo...

"hasta aquí llegaste"... fue lo que me dije, mientras se caía TODO, en mi departamento, antes llamado 7mo cielo...

al menos para mi, no sé que fue peor, si la soledad, si estar en el ultimo piso del edificio... o el ruido de un elefante entrando a la cristalería....
La cosa es que dije... "hasta aquí llegaste" y resignada, me senté en el suelo del pasillo... a esperar el fin!

Maferavi dijo...

Había mantenido contacto de alguna u otra manera por medio de la red social (libro de caras), pero el leer este texto me ha dejado pensante y enamorada de la oportunidad de respirar cada día. María de Mazatlán.